jueves, 20 de mayo de 2021


 Mi trabajo es ordenar armoniosamente en el lienzo la caótica realidad, reflejar el alma del hombre que quiere regresar al paraíso perdido del que salió. Por eso intento involucionar hacia los orígenes, hacia las formas primitivas y esenciales con un lenguaje mínimo, donde el concepto de vacío oriental esté presente.

Yoshiro Tachibana 

miércoles, 19 de mayo de 2021

Ciervas, Andrea Testarmata



II

 

La extinción asedia en los humedales del Río Paraná

La actividad inmobiliaria y la caza furtiva

Contribuyen a la desaparición de las ciervas.

¿Quién sabe cuándo voy a extinguirme?

¿Qué acción del hombre hará que eso suceda?

 

Cuando no seré otra…

¿Seré aquella que corre tras el reloj de arena?

¿Seré aquella que se hunde en el agua?

La extinción me habita

un ojo que apunta un cuerpo

me extingo

lo sé

la urbanización de mis dedos

me encorva hacia un teclado

y la luz de una plantilla me deja ciega.

 

 

 

XIX

 

Un estudio científico

demuestra

que los renos del ártico

poseen visión ultravioleta.

 

Así queda demostrado

que el hombre es inferior

no ve su alimento sin luz

natural o artificial.

 

Los renos del ártico

según la ciencia

ven el alimento a través de la noche

y también sus ojos

detectan a los depredadores

y se convierten en una mancha negra

sobre la nieve

de este modo

a los enemigos

se los conoce a lo lejos

 

este legado se lo dejaron a los humanos

que todavía no aprendieron

y se dejan engañar bien de cerca.

 

 

XXXVIII

 

Los ciervos machos

son bastante cobardes

ante el peligro

huyen por su cuenta

mientras las hembras

se disgregan ordenadamente:

el matriarcado animal

siempre se organiza.


 

Andrea Testarmata, Ciervas, Baldíos en la Lengua, Buenos Aires, 2020. 

Obra visual: Yoshiro Tachibana


 

 

 



sábado, 8 de mayo de 2021


 

No dibujo. Empiezo haciendo todo tipo de manchas. Espero lo que llamo «el accidente»: la mancha desde la cual saldrá el cuadro. La mancha es el accidente. Pero si uno se para en el accidente, si uno cree que comprende el accidente, hará una vez más ilustración, pues la mancha se parece siempre a algo. No se puede comprender el accidente. Si se pudiera comprender, se comprendería también el modo en que se va a actuar. Ahora bien, este modo en el que se va actuar, es lo imprevisto, no se lo puede comprender jamás: It’s basically the technical imagination: “la imaginación técnica”. Durante mucho tiempo, he buscado un nombre para esta forma imprevisible, con la que se va a actuar. Sólo he encontrado estas palabras: imaginación técnica. (Francis Bacon)

APUNTES DE NATURALEZA HUMANA - LAURA FUKSMAN



En la penumbra, calculo la distancia
que separa tu cama de la mía.
Estiro los dedos, el brazo.
 
Quizás no sean centímetros.
Quizás sea
como la distancia que separa
la palabra pensada
de la palabra escrita.
 
una distancia sinfín.



***


Plegar un codo hacia atrás. Plegar el otro.

Abrir los dedos y ocupar el espacio

entre los omóplatos.


Con el dorso de la mano despertar las alas.


Desplegarlas.



***


Sacarse los zapatos

cruzar el umbral.


Lavarse las manos

desvestirse

bañarse.


Creerse a salvo de las pestes.




Laura Fuskman, Apuntes de Naturaleza Humana, Halley Ediciones, Buenos Aires, 2021. 


 

 Obra visual: Francis Bacon


 


lunes, 26 de abril de 2021

War - Jackson Pollock


Cuando trabajo no soy consciente de lo que estoy haciendo. Solamente después de un tiempo de lo que se puede llamar familiarización veo lo que he estado haciendo. No temo hacer cambios, destruir la imagen,… porque el cuadro tiene vida propia. Lo que intento es que surja esa vida. Si pierdo el contacto con el cuadro, el resultado es desastroso. De lo contrario es armonía pura, un sencillo toma y daca, y la pintura sale bien. (Jackson Pollock)

EL ARTE DE NARRAR - JUAN JOSÉ SAER

 

Jackson Pollock



ENCUENTRO EN LA PUERTA DEL SUPERMERCADO

 

LA HIJA:

Sí, pero no debiste mandarme esta mañana. No

debiste. Mis días, todos iguales,

no han debido, inesperadamente, ser divididos, y para

                     siempre, por esa

herida. Aunque desde el lugar en donde estás -la madurez-

se sepa que alguna vez, una mañana, en el espejo

de todos los días ya no se es, oh cambios, el mismo.

Ya no se es el que se era ni el que se creía ser sino otro.

Los años han de parecer, desde donde estás, cicatrices,

y el tiempo un cuchillo.

                                     Pero si esta mañana, en el interior

del invierno, yo hubiese, por lo menos,

entre los monoblocs, en el aire gris, encontrado a alguien

que me hubiese llevado, como otras veces, a tomar un café,

ahora que hemos terminado de cenar,

que papá trabaja en su despacho olvidado de nosotras,

yo iría tranquilamente a mirar la televisión

sin la intuición de otro mundo o de otros mundos.

 

LA MADRE

¿Qué mundos, si se puede saber,

se han de intuir de la simple mirada

de un extranjero? ¿De un hombre de treinta años

parado una mañana contra la puerta transparente

del supermercado que, viéndote llegar,

se fija, por un momento, en tus ojos,

llevado, seguramente, por la inercia de la mirada,

de los ojos acostumbrados a errar y a rebotar

contra una muchedumbre de piedra? Has de haber tenido,

anoche, un sueño rápido, sin recuerdos, cuya memoria,

después, tembló un momento, sin florecer, en la mirada

del extranjero, una de esas asociaciones

en la que uno mismo, y no lo que se mira

es, en realidad, lo familiar. Y está también la turbación

que la mirada de un hombre de treinta años, hermoso,

como una ráfaga oscura, siembra

en una criatura que pisa,

por primera vez, el país del amor.

 

LA HIJA:

Sí, pero no era hermoso. Y no debiste, esta mañana,

mandarme. No debiste.

 

LA MADRE:

Por otra parte, ¿de dónde puede venir

un extranjero, como no sea del desierto?

El otro o los otros mundos que se vislumbran, a veces,

en las miradas ajenas son, para el que las vive desde adentro,

desiertos. Una llanura blanca, o gris, o amarilla, o negra,

idéntica a sí misma en cada punto, y en la totalidad,

donde no crece, a partir de cierta altura, ni siquiera

el horror. No, has tenido un sueño,

ni malo ni bueno,

un sueño dentro de un sueño

del que no se despierta más que para caer

en otro más grande, y en el interior de todo eso

no hay ninguna

                        realidad.

                                      Una mirada no puede

revelar nada, porque no hay nada, pero nada, que revelar.

Y nuestras lágrimas

salen del ojo mismo, por compulsión:

ninguna fuente las alimenta.

Ahora iremos juntas a mirar la televisión

y en un momento dado nos preguntaremos,

como todas las noches, en qué somos nosotras

más reales que esas sombras

para las que ya todo, en un antes improbable, pasó.

Y si nos asomáramos, por un momento, al balcón,

¿diríamos acaso que esas hileras de ventanas iluminadas,

todas iguales, y esas luces allá abajo, en hermandad con

                       nuestros

recuerdos, son lo que creemos que debe ser, y lo que llamamos,

un mundo? No, nadie puede despertarse, porque no hay

ninguna mañana a cuyo sol despertar.

 

LA HIJA:

Sí, pero no debiste mandarme. No

debiste. Lo otro, de golpe, 

se me reveló, como otro, simplemente,

sin ningún paraíso, más adelante, o, si se quiere, más atrás.

Lo otro, más hiriente

que un golpe en plena cara, que una pared

destellando en la orfandad del verano. No debiste,

no mandarme, mamá, porque se me han cerrado,

desde esta mañana, las puertas, endebles, de lo conocido,

que una vibración, fragilísima, puede, inesperadamente,

                            abatir.

Ya nunca seré la que fui. Me esperan

años de duda, de miedo, de irrealidad,

la tentación, probablemente, de la noche,

la muchedumbre del insomnio, el vacío.

Y ustedes, mi padre como mi madre, mis hermanos,

bocas que comen, a su manera, mi vida,

se perderán, desde ahora, en una suerte de niebla o de lluvia

muda, por los siglos de los siglos. No

debiste mandarme, no, no debiste. Porque

en la puerta del supermercado,

por encima del ruido de las registradoras,

en el invierno liso y monótono,

en la selva del hambre, incurable y ancestral,

esos ojos, aunque guardaran, en el revés, el desierto,

me mostraron, enteramente, y por un momento

la red de nuestra prisión.

 

 

EL ARTE DE NARRAR

 

Cada uno crea

         de las astillas que recibe

               la lengua a su manera

con las reglas de su pasión

—y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.

 

 

LA HISTORIA DE CRISTÓBAL COLÓN

 

Un mundo,

se me obliga, para poder,

en adelante, existir, o ser algo,

a descubrir, otra cosa,

más sólida, o, como dicen, más real,

que el mar de aceite

que no me lleva

ni más adelante ni más atrás,

o que me acuna, más bien, en el mismo punto,

sin ni siquiera

obligarme a trazar

círculos metafísicos

que reproduzcan, a su modo, lo exterior,

y den imágenes, dignas de adoración,

a la memoria.

                    Horizonte, a mi alrededor,

qué vacío te deja este mar blanco, sin olas,

sin espuma, y cómo

ni rocas ni algas te dividen

ni te dejan parir

la entrevista alteridad.

 

En la gran luz, monótona, que no huele

ni cambia, de este día perpetuo, donde

la fiebre es ciencia y el temblor, habitual,

conocimiento, no pareciera verse aparecer

de un mundo, nuevo, o ya recorrido, qué más da,

por encima de lo liso, ardua, la cresta.

 

Juan José Saer, El arte de narrar, Poemas, Editorial Planeta Argentina,  Seix Barral, Buenos Aires, 2000.

 


sábado, 20 de marzo de 2021

José Cuneo Perinetti


...el color ante todo y sobre todo; pero como hay muchas maneras de entender el color, quiero hacer notar que el que yo prefiero es el color casi puro y brillante, tal como sale de los tubos. Puede que más adelante me aficione a la infinita variedad de los grises coloreados a los que por ahora sólo creo capaces de vestir una construcción a base de claro-oscuro... (José Cuneo Perinetti)

Medianoche en la plaza de los sueños y otros poemas - Andrés Bohoslavsky




Medianoche en la plaza de los sueños


Me senté en el banco de la plaza, como todas la noches

a pensar un poema, mirar las estrellas y esperar una especie

de iluminación, un relámpago en la mente que me ayude.


Cerca de mí, un pelirrojo observaba los árboles y el cielo

                                                                              estrellado

y su pincel se deslizaba sobre el lienzo con rapidez

temiendo tal vez que ambas cosas desapareciesen

o cambiasen de forma.


Junto á el, un hombre de mirada perdida

pensativa sostenía un cuaderno en sus manos.


El artista pensaba que si no pintaba se moría

el hombre a su lado, que escribiendo postergaba su muerte.


Guarda su lienzo, apaga las velas encendidas

y al rato desaparece por la gran avenida

poco tiempo después quien se marcha soy yo

sin haber logrado escribir una línea.


El pintor es el eterno

el de la noche estrellada y los cipreses deformados, retorcidos

el poeta, quizás nosotros

y esta noche le ganemos a la muerte.



Poesía en el lado oscuro de la luna


Cuando llegué a la luna, abrí mi valija y saqué las pocas cosas

que necesitaba para pasar esos días

creyendo que podían convertirse

en una buena oportunidad para hacer cosas postergadas:

el libro de Chéjov sin terminar

el álbum de todos que no miraba hace tiempo

el avioncito para armar que mi padre me había traído

de uno de sus viajes

y yo dejé sin tocar desde mi niñez, el cubo de Rubik

para intentar resolverlo y un cuaderno para escribir poesía.


Ahora que volví a la tierra veo a todos estos objetos

junto a mí, en el banco de siempre en la plaza

el libro de Chéjov, el álbum de fotos, el avioncito armado

y el cubo de Rubik sin sin resolver.


Estaban todos, salvo el cuaderno que olvidé

en su única pregunta escrita hay un poema

que ahora gravita sobre un cráter

en el lado oscuro de la luna.



El pequeño Buda


El niño que vende golosinas en la plaza

se acerca y me pregunta qué escribo

un poema es mi respuesta

me pregunta qué es un poema

un poema no tiene explicación, contesto.


Si no tiene explicación, entonces es como el pájaro

que me sigue

y me cuida hasta que vuelvo a casa, dice.



Andrés Bohoslavsky, Medianoche en la plaza de los sueños y otros poemas, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2021. 


Obra visual: José Cuneo Perinetti




sábado, 2 de enero de 2021

Graciela San Román

 



Proceso cerámico: ¿Qué es el bosque? ramas podridas, todo el verdor, silencio, el mundo  de la niña que no sabe, hojas que desaparecen con el roce, el fuego que endurece la arcilla, que arrasa el bosque. (Graciela San Román)










un objeto pequeño - Laura Forchetti/Graciela San Román



Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todos en voz baja);-¿Y usted puede describir esto? Y yo dije:-Puedo. Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

Ana Ajmatova



En algún momento nosotras, también respondimos esa pregunta, podíamos describir esto, queríamos hacerlo: contar la historia de María Salomón, decir que desaparecieron sus tres hijos, acaso alguien todavía no lo sepa.

Cada una con sus pequeñas herramientas, con la punta de los dedos, en la fragilidad de la reconstrucción de lo ausente, como si bordáramos flores, intentamos hablar del dolor y la espera de María.

Preguntamos en las calles de nuestro pueblo, en los recuerdos familiares, en las imágenes que conservábamos dentro de nosotras y fueron volviendo, ovillándose en el hilo del relato: María en misa, María con los nietos de la mano, los pañuelos de colores sobre los hombros de María, la paraguaya, María golpeada. María buscando a sus hijos entre la gente.

Así nacieron las cajas objeto con sus collage y su blanco y negro y los poemas brevísimos, en la primera persona que pedía decir por sí misma.

Y fue imagen y palabra en torno a María Salomón, la madre: un objeto pequeño, que se cuenta casi con un hilo de voz, hay que acercarse para ver los detalles, para leer las minúsculas letras.





***

dejá

            voy yo


pueden ser ellos

o uno de ellos

             cualquiera


cómo dejar que otro

abra la puerta

             acaricie primero

             sus cuerpos

             de hijos


***


el cuerpo de un hijo

es para siempre

el cuerpo de un hijo

                quiero decir

                algo que se asiste

                se abriga


el cuerpo de un hijo

es para siempre

un objeto pequeño.


***


esta casa es otra

aquí no vivimos

no fue aquí donde les di

                   de comer

les di palabras


aquí no es 

el sillón de la fotografía

los tres recién peinados

el primer día de clases


no fue aquí

el domingo de pascuas

el matrimonio de carlos

la universidad

y la guitarra


no fue en esta casa


                                              a esta casa

                                              se entra

                                              hablando bajo

                                                         no se pregunta

                                                         por nadie




Laura Forchetti/Graciela San Román, un objeto pequeño, vacasagrada ediciones, Bahía Blanca, 2010.

Obras visuales: Graciela San Román.



domingo, 27 de diciembre de 2020

Jean Dubuffet



Cuando trabajo no aspiro a la exclusiva delectación de un puñado de especialistas, sino que me gustaría mucho más que mis lienzos divirtieran e interesasen al hombre de la calle cuando sale de su trabajo y en ningún caso al maniático, al iniciado, sino al hombre que no tiene ninguna instrucción ni disposición particulares. Es al hombre de la calle a quien me dirijo, pues me siento lo mismo que él, con él es con quien deseo trabar amistad y entrar en confidencia y connivencia y es a él a quien a través de mis trabajos, quisiera proporcionarle satisfacción y encanto. (Jean Dubuffet)