domingo, 10 de octubre de 2021

El hombre linterna - Donald Schenkler/ Traducción: Jorge Luján


 



MENDIGOS 



De noche los robles

se apiñan alrededor de las ventanas

en busca de luz.


Cuando soplamos nuestras lámparas

ellos miran las estrellas.



ANIMACIÓN


para Tobey Hiller


Estoy armando un pájaro, aprendiendo

a unir tallitos, trozos de papel y motas de polvo

con saliva, uñas cortadas y trenzas de pelo.

Paso horas con la materia entre mis dedos toscos,

casi no respiro sobre las delicadas soldaduras, los nudos

exquisitos, y trato de no pensar en la hora en que esté listo,

posado frente a mí.


La hora llegará, sin duda. Tendré que hacer

algo, supongo; poner unas pocas palabras en su pico

como si yo fuera un mago de antaño, capaz de ejecutar

una caligrafía primitiva, densa,

como minúsculas biblias en la piel inmaculada

de pájaros no nacidos, quizá, pero ¿qué

pájaros? ¿Y qué palabras? ¿Y cómo plegaré

y plegaré este pequeño mensaje

para que calce? ¿Y funcione?


Pienso concentrarme en la garganta más bien, conformarme

con la aptitud para el canto, pero hay canciones y canciones;

el canto que tengo en mente no es el que

los pájaros conocen. Las alas son más fáciles de moldear.

Las alas no son abstractas. Imagino

alas levantando limpiamente el peso.


Como si ya hubiera sucedido, me imagino presionando un 

dedo contra la lámpara bajo la que he estado trabajando,

manteniéndolo allí hasta que la piel se quema,

luego se ampolla, luego se enfría, luego se seca; y dentro

del pulcro circulito, apenas hay espacio suficiente

para mi nombre completo, firmado de manera legible con

puro plasma.


El pájaro trata de decir algo, en mi mente, y provoca

un salto en mi corazón. Atento a los latidos,

lo recojo, lo aprieto dentro de mi camisa para abrigarlo,

lo llevo hasta la pradera elegida donde

lo poso sobre mi dedo y, contando al revés hasta cero,

lo impulso hacia arriba con una limpia pincelada de mi brazo.



RETRATO DE UN INTERIOR ILUMINADO POR CANDILES 

SUSPENDIDO EN LA LADERA DE UNA COLINA CON 

ROBLES AL ANOCHECER



El reflejo de la habitación se proyecta en voladizo

en el aire oscuro, fino

al otro lado de la ventana panorámica


al revés. Se ve la luz de las lámparas interiores.

Se ven las paredes atajando la oscuridad.

Se ve la bacha repleta de platos sucios

vacilando en el aire a quince metros

bajo la línea de condensación de los robles.

Se nos ve a tí y a mí en la mesa ya despejada

mirando esa habitación complementaria con


nuestros rostros apenas enfocados. En realidad no

hay una habitación allí afuera. Es sólo

la luz de la casa alcanzando la nada habitual

y delatando nuestra presencia. Preferiría 

que no hubiera más

lugar que éste en el el que estamos;

ninguna otra habitación

donde tú y yo posáramos

bajo tan maravillosa luz.


Donald Schenker, El hombre linterna, Ediciones Recovecos, Córdoba, 2012.

Traducción: Jorge Luján


Donald Schenker (1930-1993) nació en Coney Island, Nueva York. A finales de los 50, él y su mujer, se establecieron en Berkeley, California. Su primer libro, Poemas (1957), publicado junto a David Meltzer, se convertiría en una pieza clave de aquella mítica generación de posguerra estadounidense más conocida como Beat generation. Enfermo de cáncer, después de haberse retirado en 1985 para dedicar su vida a la literatura, murió en 1993.


***



BEGGARS


Nights the oaks

crowd around the windows

for light.


When we have blown out the lamps

they watch the stars.



THE ANIMATION

for Tobey Hiller


I am putting together a bird, learning

to keep small sticks, torn paper and flluffs of dust together

with spit, fingermail parings and strands of hair.

I spend hours over the thing in my thick fingers,

scarcely breathing over delicate weldings, exquisite knots,

trying not to think I´ll finish when the time comes and have it

just sit there.


The time will come, of course. I´ll have to do

something, I suposse; fit a few words in its beak

as if I were a mage of yore, able to do primal

calligraphy, densely,

like tiny bibles on the umblemished skin of unborn

birds, maybe, but which

bird? And which word? An how will I fold

and fold again this morsel message

so it will fit? And work?


I´ve considered concentrating on the throat instead, settling

for the power to sing, but there are songs and there are songs;

the singing I have in mind isn´t the kind

birds do. Wings are easier to fashion.

Wings are not abstract. I imagine

wings clearly lifting the weight.


As if it´s already taken place, I imagine clearly

pressing my finger to the ligth under which I¨ve been working

and holding it there until the skin burns,

then blisters, then cools, then dries; and there being

just room enough within the small, trimmed circle

for my full name, signed legibly in clear plasma.


The bird, in my mind, tries to say something, causing

a pounding of my heart. Counting beats,

I gather it up, tuck it in my shirt to keep it warm,

carry it to the designated meadow where

I set it on my finger and, coming to zero,

wave at the sky with one clear stroke of my arm.


PORTRAIT OF A LAMPLIT INTERIOR SUSPENDED OVER A 

HILLSIDE WITH OAKS AT DUSK


The reflected room cantilevers out

into dark, thin air

the other sid of the picture window


backwards. There´s the interior lamplight.

There´s the walls blocking out the darness.

There´s the sink behind us hovering

under the dewline of the oak fifty feet away

filled with dirty dishes.

There´s you and I at the table just cleared

seeing our other room with


ephemeral focus on our faces. There´s no

real room out there. It´s only

light from  the house

reaching for the usual nothing

and being betrayed back to us. There´d


better not be any other

place than where we are; no room

where you and I pose

in light more wonderful than this.


Donald Schenkler






miércoles, 19 de mayo de 2021

Ciervas, Andrea Testarmata




II

 

La extinción asedia en los humedales del Río Paraná

La actividad inmobiliaria y la caza furtiva

Contribuyen a la desaparición de las ciervas.

¿Quién sabe cuándo voy a extinguirme?

¿Qué acción del hombre hará que eso suceda?

 

Cuando no seré otra…

¿Seré aquella que corre tras el reloj de arena?

¿Seré aquella que se hunde en el agua?

La extinción me habita

un ojo que apunta un cuerpo

me extingo

lo sé

la urbanización de mis dedos

me encorva hacia un teclado

y la luz de una plantilla me deja ciega.

 

 

 

XIX

 

Un estudio científico

demuestra

que los renos del ártico

poseen visión ultravioleta.

 

Así queda demostrado

que el hombre es inferior

no ve su alimento sin luz

natural o artificial.

 

Los renos del ártico

según la ciencia

ven el alimento a través de la noche

y también sus ojos

detectan a los depredadores

y se convierten en una mancha negra

sobre la nieve

de este modo

a los enemigos

se los conoce a lo lejos

 

este legado se lo dejaron a los humanos

que todavía no aprendieron

y se dejan engañar bien de cerca.

 

 

XXXVIII

 

Los ciervos machos

son bastante cobardes

ante el peligro

huyen por su cuenta

mientras las hembras

se disgregan ordenadamente:

el matriarcado animal

siempre se organiza.



 

Andrea Testarmata, Ciervas, Baldíos en la Lengua, Buenos Aires, 2020. 

Obra visual: Yoshiro Tachibana


 

 

 





sábado, 8 de mayo de 2021

Apuntes de naturaleza humana - Laura Fuksman







En la penumbra, calculo la distancia
que separa tu cama de la mía.
Estiro los dedos, el brazo.
 
Quizás no sean centímetros.
Quizás sea
como la distancia que separa
la palabra pensada
de la palabra escrita.
 
una distancia sinfín.



***



Plegar un codo hacia atrás. Plegar el otro.

Abrir los dedos y ocupar el espacio

entre los omóplatos.


Con el dorso de la mano despertar las alas.


Desplegarlas.



***



Sacarse los zapatos

cruzar el umbral.


Lavarse las manos

desvestirse

bañarse.


Creerse a salvo de las pestes.




Laura Fuskman, Apuntes de Naturaleza Humana, Halley Ediciones, Buenos Aires, 2021. 


 





 


lunes, 26 de abril de 2021

El arte de narrar - Juan José Saer

 






ENCUENTRO EN LA PUERTA DEL SUPERMERCADO

 

LA HIJA:

Sí, pero no debiste mandarme esta mañana. No

debiste. Mis días, todos iguales,

no han debido, inesperadamente, ser divididos, y para

                     siempre, por esa

herida. Aunque desde el lugar en donde estás -la madurez-

se sepa que alguna vez, una mañana, en el espejo

de todos los días ya no se es, oh cambios, el mismo.

Ya no se es el que se era ni el que se creía ser sino otro.

Los años han de parecer, desde donde estás, cicatrices,

y el tiempo un cuchillo.

                                     Pero si esta mañana, en el interior

del invierno, yo hubiese, por lo menos,

entre los monoblocs, en el aire gris, encontrado a alguien

que me hubiese llevado, como otras veces, a tomar un café,

ahora que hemos terminado de cenar,

que papá trabaja en su despacho olvidado de nosotras,

yo iría tranquilamente a mirar la televisión

sin la intuición de otro mundo o de otros mundos.

 

LA MADRE

¿Qué mundos, si se puede saber,

se han de intuir de la simple mirada

de un extranjero? ¿De un hombre de treinta años

parado una mañana contra la puerta transparente

del supermercado que, viéndote llegar,

se fija, por un momento, en tus ojos,

llevado, seguramente, por la inercia de la mirada,

de los ojos acostumbrados a errar y a rebotar

contra una muchedumbre de piedra? Has de haber tenido,

anoche, un sueño rápido, sin recuerdos, cuya memoria,

después, tembló un momento, sin florecer, en la mirada

del extranjero, una de esas asociaciones

en la que uno mismo, y no lo que se mira

es, en realidad, lo familiar. Y está también la turbación

que la mirada de un hombre de treinta años, hermoso,

como una ráfaga oscura, siembra

en una criatura que pisa,

por primera vez, el país del amor.

 

LA HIJA:

Sí, pero no era hermoso. Y no debiste, esta mañana,

mandarme. No debiste.

 

LA MADRE:

Por otra parte, ¿de dónde puede venir

un extranjero, como no sea del desierto?

El otro o los otros mundos que se vislumbran, a veces,

en las miradas ajenas son, para el que las vive desde adentro,

desiertos. Una llanura blanca, o gris, o amarilla, o negra,

idéntica a sí misma en cada punto, y en la totalidad,

donde no crece, a partir de cierta altura, ni siquiera

el horror. No, has tenido un sueño,

ni malo ni bueno,

un sueño dentro de un sueño

del que no se despierta más que para caer

en otro más grande, y en el interior de todo eso

no hay ninguna

                        realidad.

                                      Una mirada no puede

revelar nada, porque no hay nada, pero nada, que revelar.

Y nuestras lágrimas

salen del ojo mismo, por compulsión:

ninguna fuente las alimenta.

Ahora iremos juntas a mirar la televisión

y en un momento dado nos preguntaremos,

como todas las noches, en qué somos nosotras

más reales que esas sombras

para las que ya todo, en un antes improbable, pasó.

Y si nos asomáramos, por un momento, al balcón,

¿diríamos acaso que esas hileras de ventanas iluminadas,

todas iguales, y esas luces allá abajo, en hermandad con

                       nuestros

recuerdos, son lo que creemos que debe ser, y lo que llamamos,

un mundo? No, nadie puede despertarse, porque no hay

ninguna mañana a cuyo sol despertar.

 

LA HIJA:

Sí, pero no debiste mandarme. No

debiste. Lo otro, de golpe, 

se me reveló, como otro, simplemente,

sin ningún paraíso, más adelante, o, si se quiere, más atrás.

Lo otro, más hiriente

que un golpe en plena cara, que una pared

destellando en la orfandad del verano. No debiste,

no mandarme, mamá, porque se me han cerrado,

desde esta mañana, las puertas, endebles, de lo conocido,

que una vibración, fragilísima, puede, inesperadamente,

                            abatir.

Ya nunca seré la que fui. Me esperan

años de duda, de miedo, de irrealidad,

la tentación, probablemente, de la noche,

la muchedumbre del insomnio, el vacío.

Y ustedes, mi padre como mi madre, mis hermanos,

bocas que comen, a su manera, mi vida,

se perderán, desde ahora, en una suerte de niebla o de lluvia

muda, por los siglos de los siglos. No

debiste mandarme, no, no debiste. Porque

en la puerta del supermercado,

por encima del ruido de las registradoras,

en el invierno liso y monótono,

en la selva del hambre, incurable y ancestral,

esos ojos, aunque guardaran, en el revés, el desierto,

me mostraron, enteramente, y por un momento

la red de nuestra prisión.

 

 

EL ARTE DE NARRAR

 

Cada uno crea

         de las astillas que recibe

               la lengua a su manera

con las reglas de su pasión

—y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.

 

 

LA HISTORIA DE CRISTÓBAL COLÓN

 

Un mundo,

se me obliga, para poder,

en adelante, existir, o ser algo,

a descubrir, otra cosa,

más sólida, o, como dicen, más real,

que el mar de aceite

que no me lleva

ni más adelante ni más atrás,

o que me acuna, más bien, en el mismo punto,

sin ni siquiera

obligarme a trazar

círculos metafísicos

que reproduzcan, a su modo, lo exterior,

y den imágenes, dignas de adoración,

a la memoria.

                    Horizonte, a mi alrededor,

qué vacío te deja este mar blanco, sin olas,

sin espuma, y cómo

ni rocas ni algas te dividen

ni te dejan parir

la entrevista alteridad.

 

En la gran luz, monótona, que no huele

ni cambia, de este día perpetuo, donde

la fiebre es ciencia y el temblor, habitual,

conocimiento, no pareciera verse aparecer

de un mundo, nuevo, o ya recorrido, qué más da,

por encima de lo liso, ardua, la cresta.

 

Juan José Saer, El arte de narrar, Poemas, Editorial Planeta Argentina,  Seix Barral, Buenos Aires, 2000.

 


sábado, 20 de marzo de 2021

Medianoche en la plaza de los sueños y otros poemas - Andrés Bohoslavsky





Medianoche en la plaza de los sueños


Me senté en el banco de la plaza, como todas la noches

a pensar un poema, mirar las estrellas y esperar una especie

de iluminación, un relámpago en la mente que me ayude.


Cerca de mí, un pelirrojo observaba los árboles y el cielo

                                                                              estrellado

y su pincel se deslizaba sobre el lienzo con rapidez

temiendo tal vez que ambas cosas desapareciesen

o cambiasen de forma.


Junto á el, un hombre de mirada perdida

pensativa sostenía un cuaderno en sus manos.


El artista pensaba que si no pintaba se moría

el hombre a su lado, que escribiendo postergaba su muerte.


Guarda su lienzo, apaga las velas encendidas

y al rato desaparece por la gran avenida

poco tiempo después quien se marcha soy yo

sin haber logrado escribir una línea.


El pintor es el eterno

el de la noche estrellada y los cipreses deformados, retorcidos

el poeta, quizás nosotros

y esta noche le ganemos a la muerte.



Poesía en el lado oscuro de la luna


Cuando llegué a la luna, abrí mi valija y saqué las pocas cosas

que necesitaba para pasar esos días

creyendo que podían convertirse

en una buena oportunidad para hacer cosas postergadas:

el libro de Chéjov sin terminar

el álbum de todos que no miraba hace tiempo

el avioncito para armar que mi padre me había traído

de uno de sus viajes

y yo dejé sin tocar desde mi niñez, el cubo de Rubik

para intentar resolverlo y un cuaderno para escribir poesía.


Ahora que volví a la tierra veo a todos estos objetos

junto a mí, en el banco de siempre en la plaza

el libro de Chéjov, el álbum de fotos, el avioncito armado

y el cubo de Rubik sin sin resolver.


Estaban todos, salvo el cuaderno que olvidé

en su única pregunta escrita hay un poema

que ahora gravita sobre un cráter

en el lado oscuro de la luna.



El pequeño Buda


El niño que vende golosinas en la plaza

se acerca y me pregunta qué escribo

un poema es mi respuesta

me pregunta qué es un poema

un poema no tiene explicación, contesto.


Si no tiene explicación, entonces es como el pájaro

que me sigue

y me cuida hasta que vuelvo a casa, dice.



Andrés Bohoslavsky, Medianoche en la plaza de los sueños y otros poemas, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2021. 



sábado, 2 de enero de 2021

un objeto pequeño - Laura Forchetti/Graciela San Román







Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todos en voz baja);-¿Y usted puede describir esto? Y yo dije:-Puedo. Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

Ana Ajmatova



En algún momento nosotras, también respondimos esa pregunta, podíamos describir esto, queríamos hacerlo: contar la historia de María Salomón, decir que desaparecieron sus tres hijos, acaso alguien todavía no lo sepa.

Cada una con sus pequeñas herramientas, con la punta de los dedos, en la fragilidad de la reconstrucción de lo ausente, como si bordáramos flores, intentamos hablar del dolor y la espera de María.

Preguntamos en las calles de nuestro pueblo, en los recuerdos familiares, en las imágenes que conservábamos dentro de nosotras y fueron volviendo, ovillándose en el hilo del relato: María en misa, María con los nietos de la mano, los pañuelos de colores sobre los hombros de María, la paraguaya, María golpeada. María buscando a sus hijos entre la gente.

Así nacieron las cajas objeto con sus collage y su blanco y negro y los poemas brevísimos, en la primera persona que pedía decir por sí misma.

Y fue imagen y palabra en torno a María Salomón, la madre: un objeto pequeño, que se cuenta casi con un hilo de voz, hay que acercarse para ver los detalles, para leer las minúsculas letras.





***

dejá

            voy yo


pueden ser ellos

o uno de ellos

             cualquiera


cómo dejar que otro

abra la puerta

             acaricie primero

             sus cuerpos

             de hijos


***


el cuerpo de un hijo

es para siempre

el cuerpo de un hijo

                quiero decir

                algo que se asiste

                se abriga


el cuerpo de un hijo

es para siempre

un objeto pequeño.


***


esta casa es otra

aquí no vivimos

no fue aquí donde les di

                   de comer

les di palabras


aquí no es 

el sillón de la fotografía

los tres recién peinados

el primer día de clases


no fue aquí

el domingo de pascuas

el matrimonio de carlos

la universidad

y la guitarra


no fue en esta casa


                                              a esta casa

                                              se entra

                                              hablando bajo

                                                         no se pregunta

                                                         por nadie




Laura Forchetti/Graciela San Román, un objeto pequeño, vacasagrada ediciones, Bahía Blanca, 2010.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El emperrado corazón amora - Juan Gelman






Ahorita


Tierna, cosa es

el tiempo que deriva en una palabra

sin puerto. Gozar la luna, lo

malo triste pisado.

¿Quién oirá las guerras didácticas del pecho?

¿Brasas que los sentidos disfrazan

de un lado al otro de los cuentos?

Se oxidaron los goznes

del deseo a la espera del deseo,

ahorita, ahorita, dicen

almas piadosas inflamadas.

En las piedras que rompen el cielo

hay caminos, distancias,

carpinteros del ser.

El uno y el amor se juntan

en ignorancias, pájaros

que se murieron

jóvenes, los encierran, hay

hermanos en la hora,

un frío que arde todavía.



Escenas


La escena vieja del comer

en un un lugar apartado donde

no hay mendigo ni

fatalidades del cuchillo,

el tenedor que triunfa, la cuchara.

El poema

viene de qué, de dónde. Problemas

de la circulación del otro

en tiempos de mañana,

los oscuros del mundo, la

danza de las sábanas en

amor, amor, amor. La huella

que se pega a lo que la pisó,

dos hermosuras, almas

con ratos de zozobra, golpes

que devuelven los bastones de ciego

a prisioneros de la lágrima.

Cuánto de tanto, dónde

comenzarán las raíces de

la palabra estarser, frontera

de algo que se perdió

en espacios del pensamiento,

las imaginaciones que

abrían puridades

de la salud, salud.



Divergencias


Una palabra cualquiera

no es una palabra cualquiera,

no se parece al cuerpo que la dijo,

no tiene manos, ni pies, ni amora

como un mortal. Lo que nombra

tiene mares que llevan lejos.

A su casa todos pueden entrar

y su tiempo no cesa

en cada boca. Espera

viajes por el agua oscura que

lleva su nombre.


Juan Gelman, El emperrado corazón amora, Editorial La Página S.A, Buenos Aires, 2011.

martes, 6 de octubre de 2020

#TRIPACORAZÓN - Julieta Santos

 






Sin remordimientos


Que no se malinterprete:

hoy estoy desafiliada del mundo.


Aborrezco a quien lo habita

podría matar un bambi un dandi

con las uñas de aburrimiento.


Así, desafiliada del mundo,

me permito odiar

              /a mis hijos

               mis amantes

               mis certezas y su precariedad insoportable/


No tolero nada me jode todo

            /botellas vacías

            tinta indeleble

            olor a viejo

            enchufes redondos

            frascos sin tapa

            naftalina

            caries

            múltiplos de seis

            papiloma humano/


No hay credencial arco

                /obra social sindicato club partido arquero/

que me ataje.


Desafiliada de todo

odio principalmente

a la primera

            /única absoluta exclusiva/

responsable-

¡Salud Madre!


***


Doctor

los hombres

se me mueren

y yo

no sé 

qué hacer

con tanto 

cadáver seco

incluso tibio

clavado

             ahí

en en el palier:

la cortina es

un flequillo

que disimula

la podredumbre.


No soy capaz

de entrar

en casa

sin patear alguno.


Se acumulan

como piojos

desde el patio

hasta mi frente,

arrrugada

como hijo prematuro.


Intento correrlos

con delicadeza

para abrirme paso

pero

no siempre

tengo el tiempo

suficiente

o la paciencia

necesaria

así que cada tanto

los paso por arriba

con cariño

y sobre todo

con respeto,

no vaya a ser cosa

que alguno 

se levante

y me dé un susto de muerte.


A veces parece

que un cuerpo se mueve

y entonces digo

al aire,

como al paso,

"bendito tú eres entre otros,

porque de ti

todo

              lo bla blé blí bló blú

y fundamentalmente

tu muerte es la mía",

y con eso

ninguno nunca jamás

se volvió a levantar.


Cuando estoy triste

y pienso

en el amor y esas cosas

no entiendo

¿soy yo?


Se me mueren

Doctor

¿Qué puedo hacer?


Los hombres

se me mueren 

y yo cavilando,

si es por mi culpa,

por la cortina,

o por las ganas.


***


Variaciones II


un clímax desierto arbitra mi niño interior

un niño despierto habita mi clima exterior

un hábito anterior despierta en mi niño.



Julieta E. Santos, #Tripacorazón, Editorial Milena Caserola, Buenos Aires, 2020.





sábado, 8 de agosto de 2020

Superpoderes - Florencia Fragasso

 







Formación

En la semana 24 de gestación
se forman las papilas gustativas
una especie de capullo violáceo y carnoso
que clasifica lo dulce sin rodeos
de un latigazo sanguinolento

Hay algo que después será una lengua
viva entre cavidades
apurada por asimilar o descartar
un tono propio

¿Cómo se forma el gusto
sin ojos que ven
sin boca que dice y escucha
en el eco
de bocas ajenas?

¿Cómo pueden, quién puede
saber cómo se forma el gusto?

Globulitos violetas que en estos días
surgen de la nada en su cuerpo que a su vez
brota en el mío,
denle una voz propia que pueda llevar por la vida
por favor
denle un tono
un matiz



Hechos reales

Llevo una semana atrapada en la tela
de una novela de 600 páginas
que leo compulsivamente en cualquier parte:
en el subte, en el colectivo
mientras me muevo sobre todo

me paso de las paradas, me sobresalto
especulo con robarle minutos al trabajo
para avanzar dos o tres párrafos
en mi doméstica carrera contra el tiempo

Ah pero a la noche
esperanzada me la llevo a la cama
prendo la luz de la mesita
ansiosa por saber qué va a pasar

y me quedo dormida
después de 10 a 15 líneas
para soñar con el protagonista



Coreografía

Ocho mesas tiene el bar
seis ocupadas
dos vacías
me siento en la séptima
que elijo por ser de las dos restantes
la única que mira a la calle
somos ahora siete mujeres
una en cada mesa
cuatro a la calle, tres
a la nada
dos leen el diario
una un libro
otra está con un bebé en un cochecito
me sorprendo de no ser yo la del bebé
todas mayores de cincuenta
menos yo y la del bebé
no tengo qué leer ni qué escribir
no planeaba venir
anoto esto en la parte de atrás
de la cartilla médica de la prepaga
la puerta se abre, dejando entrar algo del ruido de la calle,
entra la octava



Florencia Fragasso, Superpoderes, Editorial El ojo de mármol, Buenos Aires, 2015.